La protección del patrimonio moderno

 

 

 

 

 

 

 

Hago un búsqueda en Google: «destrucción patrimonio moderno» (ahora explicaré el porqué) y la gran parte de los resultados atienden a artículos científicos o a escritos similares a lo que viene a continuación.

(Casi) todo teoría, por desgracia.

*Breve inciso para diferenciar entre las diferentes acepciones de «moderno» y «modernista», en relación a la concepción de lo que es el «patrimonio moderno». Por cierto, el otro día escuchaba un anuncio en la radio en el que anunciaban «cocinas modernistas», me hizo gracia imaginarme una joven pareja estrenando flamantes muebles de cocina llenos de flores, volutas y vidrieras. En fin, a lo que iba:

  • Moderno, según la RAE: perteneciente o relativo a una época reciente.
  • Arquitectura moderna: hace alusión arquitectura de principios del siglo XX (generalmente entre los años 20 y 50, aunque también se puede referir a construcciones de hasta las dos décadas posteriores).
  • Arquitectura modernista o modernismo arquitectónico, también llamado «Art Nouveau», seguía los principios de un movimiento artístico que tuvo lugar a finales del siglo XIX y principios del siglo XX: líneas curvas, vegetales, animales, decoración muy cuidada y minuciosa, espacios recargados, etc.
  • Movimiento moderno: movimiento arquitectónico surgido en las primeras décadas del siglo XX que supuso el contrapunto al Modernismo; ortogonalidad, ausencia de decoración, espacios neutros, etc.

Quedando claros estos conceptos (de los que existe una bibliografía infinita para poder conocer más sobre estos estilos y momentos de la Historia de la Arquitectura), retomemos la cuestión patrimonial.

La búsqueda está relacionada con un primer tanteo de lo que se dice por internet sobre la cuestión de la protección de las construcciones con valor patrimonial pero jóvenes, si las comparásemos con la edad de cualquier catedral gótica o yacimiento arqueológico romano, por poner algún ejemplo.

¿Por qué ha surgido así de repente esta cuestión? No tan de repente, en mi caso, ya que ha sido «mi tema» de investigación en másteres (de verdad) y algunas publicaciones.

Tenía guardada en borradores esta noticia de «El diario montañés» publicada hace ya unos años. Aunque por desgracia, podríamos encontrar cientos similares de los últimos diez años.

El Colegio de Arquitectos denuncia el derribo del edificio de oficinas integrado en un complejo industrial diseñado por el Premio Nacional | La Autoridad Portuaria sostiene que su actuación cumple con toda la normativa vigente

https://www.eldiariomontanes.es/santander/destruida-obra-arquitecto-20180916190900-ntvo.html

Y esta noticia no «toca» solo uno de mis temas de investigación, sino que hace referencia a otro de mis admirados temas: Miguel Fisac.

Dos por uno.

Una de las principales causas de la destrucción del patrimonio moderno es la infravaloración, que tiene que ver con los propios criterios de valor establecidos: ¿qué es patrimonio?, ¿dónde está el límite? Sobre este debate hay suficiente tinta escrita como para llenar tres piscinas olímpicas.

En realidad, existe una leve conciencia sobre la protección del patrimonio, pero a la vez, estamos hablando de una disciplina despreciada en ciertas ocasiones, ya que encontramos y seguiremos encontrando personas que afirman que el patrimonio «no da dinero». Y lo más curioso de todo, es que esta destrucción está aparentemente respaldada por la legalidad.

El patrimonio no ayuda a nadie a convertirse en rico, no hay influencers que hagan videos en Youtube hablando sobre la iglesia románica de su pueblo o la peculiaridad de la construcción de cualquier edificio de Alejandro de la Sota. Pero en un ámbito local-comarcal-regional, el patrimonio podría puede dar de comer a muchas personas.

En definitiva, la destrucción del patrimonio moderno no es solo la pérdida material de un edificio firmado por un Premio Nacional o una obra maestra de Fisac; es el desgarro silencioso de nuestra memoria más reciente. Mientras sigamos midiendo el valor de la arquitectura únicamente por los siglos que atesora en el calendario o por un frío balance económico a corto plazo, seguiremos asistiendo con impotencia a derribos perfectamente legales pero éticamente devastadores.

La teoría ya está escrita —y abarrota bibliotecas enteras—, pero urge un cambio de mirada: entender que proteger el movimiento moderno no es un capricho de nostálgicos ni una cuestión menor por tratarse de obras «jóvenes», sino una responsabilidad cívica y un motor de identidad y futuro para nuestro entorno. Porque, a este ritmo, antes de que nos demos cuenta, lo único moderno que quedará por demoler será nuestra propia indiferencia.

«La protección del patrimonio moderno” por Silvia García

Foto de Declan Sun en Unsplash

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